top of page

Luego del Sismo Vienen las Lluvias

  • José Musse
  • 8 hours ago
  • 3 min read


Los sobrevivientes del terremoto en Venezuela enfrentan ahora una segunda amenaza, más lenta pero igualmente peligrosa: los daños que las lluvias estacionales pueden causar a las personas que viven en tiendas de campaña y refugios temporales. La primera tormenta puede parecer manejable, pero una vez que las lluvias del verano se establecen, los campamentos frágiles pueden convertirse rápidamente en lugares llenos de barro, insalubres e inestables, transformando un refugio de emergencia en una crisis humanitaria prolongada.


Este peligro no es desconocido en Venezuela. El país aún recuerda la tragedia de Vargas de 1999, cuando lluvias torrenciales desencadenaron devastadores deslizamientos de tierra e inundaciones que causaron la muerte de miles de personas y sepultaron comunidades enteras. Una historia de aquel desastre permanece en la memoria porque refleja el costo humano de estos eventos: un padre atrapado en el lodo habría dicho a los rescatistas: «No me saquen… tengo a mis dos hijas tomadas de las manos». Es un recordatorio estremecedor de que, cuando la tierra, el agua y el refugio fallan al mismo tiempo, las consecuencias no se miden solo en daños materiales, sino también en vidas humanas y en la desesperación de quienes las sufren.


El impacto económico del desastre de 1999 también fue enorme. Aunque las estimaciones varían, las cifras oficiales de la época y análisis posteriores sitúan las pérdidas directas y los costos de reconstrucción entre aproximadamente 775 millones y 3.500 millones de dólares estadounidenses, mientras que algunas estimaciones más amplias elevan la cifra aún más.

Los terremotos de 2026 ya han provocado un golpe financiero mucho mayor. La estimación más sólida disponible sitúa los daños físicos directos en alrededor de 6.700 millones de dólares estadounidenses, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), con un rango estimado entre 4.700 y 8.700 millones de dólares. Es probable que esta cifra subestime el costo total, ya que todavía no incluye las pérdidas derivadas de la interrupción de actividades económicas, los daños más amplios a la infraestructura ni el costo final de la reconstrucción. Informes preliminares de Al Jazeera sugirieron que las pérdidas podrían alcanzar hasta el 7 % del producto interno bruto (PIB) de Venezuela, mientras que Reuters informó que el gobierno creó un fondo de emergencia para la reconstrucción de 200 millones de dólares, una cantidad significativa, pero muy inferior a la magnitud de los daños.


Para los equipos de primera respuesta y los profesionales de protección civil, el principal desafío no es únicamente la lluvia. Es la combinación de precipitaciones, infraestructura dañada y el paso del tiempo. Las familias que viven en tiendas de campaña o asentamientos improvisados permanecen expuestas día tras día a suelos húmedos, drenaje deficiente, contaminación y hacinamiento, factores que aumentan el riesgo de enfermedades respiratorias, enfermedades transmitidas por el agua, infecciones cutáneas y afectaciones psicológicas. Cuando las carreteras siguen dañadas y el drenaje resulta insuficiente, incluso la entrega rutinaria de ayuda humanitaria se vuelve complicada, y un refugio temporal puede transformarse lentamente en una crisis crónica.


El fenómeno de El Niño añade un motivo adicional de preocupación, ya que puede intensificar los patrones de lluvia y aumentar la probabilidad de fenómenos meteorológicos destructivos en las zonas más vulnerables. En términos prácticos, esto significa inundaciones más frecuentes en los campamentos ubicados en zonas bajas, fallas más tempranas en las laderas, un deterioro acelerado del piso de las tiendas de campaña y de las letrinas, así como una mayor contaminación de sistemas de agua que ya son frágiles. En Venezuela, donde hospitales, escuelas e infraestructura hídrica ya han sido afectados por los terremotos, la lluvia no llega sobre un terreno intacto; cae sobre sistemas que ya se encuentran debilitados.

Por ello, las medidas más importantes deben implementarse antes del verano, no cuando el terreno ya esté saturado de agua. Los asentamientos temporales deben reubicarse lejos de cauces de inundación y laderas inestables. Los sistemas de drenaje deben limpiarse y mantenerse en funcionamiento. Es necesario reforzar las vías de acceso. Los sistemas de agua potable y saneamiento requieren protección antes del inicio de la temporada de lluvias. Los equipos de protección civil también deberían preposicionar lonas impermeables, sacos de arena, bombas de achique, sistemas de iluminación y suministros médicos, ya que, una vez que las lluvias se intensifiquen, el tiempo de respuesta disminuirá y las consecuencias se propagarán con mayor rapidez.


No se trata de un fenómeno meteorológico de un solo día. Es una escalada estacional que exige planificación, coordinación y sentido de urgencia. La lección de 1999 no es solo histórica; también es operativa. Venezuela sabe lo que ocurre cuando las lluvias intensas se combinan con un terreno inestable, y los equipos de primera respuesta disponen ahora de una estrecha ventana de oportunidad para evitar que una crisis en los refugios temporales se convierta en el próximo gran desastre.


José Musse

New York City

  • Facebook Basic Black
  • Twitter Basic Black

©1997 - 2025 DESASTRES.ORG

INCIDENT COMMANDER MAGAZINE

bottom of page