• Martín Alonso Viqueira

Los bomberos peruanos y la ley 31329


Hasta aquí me llegan noticias sobre el amargo sollozo y los lamentos de un privilegiado grupo de veteranos jefes de los bomberos del Perú -y sus ayayeros de siempre-, alarmados por la reciente ley 31329 que, paradójicamente, otorga un importante beneficio al personal que más lo necesita.


Es decir, a los viejos Caballeros del Fuego que por dedicar toda su vida al cuartel -dejando tiradas a sus familias y con trabajitos de ocasión al carecer de mayores estudios- hoy no tienen empleo y se encuentran desprotegidos y pasando necesidades económicas justo cuando más lo necesitan, en su ancianidad.


Esta norma legal es oportuna y necesaria, porque, por primera vez en la historia del bomberismo peruano hace un merecido y concreto reconocimiento que se transformará en un auxilio pensionario para aquellos bomberos que no tienen más, que viven penurias en la actualidad, especialmente por esta pandemia del covid 19.


Es ideal para los que no son “empresarios” de la seguridad; y tampoco trabajan como rescatistas en el aeropuerto, en las industrias o en las mineras, a donde llegaron gracias a los cursos recibidos en el CGBVP y nada más.


Despierten, bomberos peruanos, que la vida da vueltas, la Ley que Declara de Interés Nacional otorgar a los Bomberos Voluntarios del Perú una Pensión de Retiro Mensual y Vitalicia es un primer paso en firme para beneficio del personal que más lo necesita o lo necesitará en unos años.


Y que con el paso de los años podría mejorarse, pues si recordamos nuestra historia, hasta 1977, cuando ingresé, para ser bombero tuve que cotizar como un socio a un club, contribuyendo a su manutención mensualmente.


No había beneficios de ninguna clase y todos vivíamos felices de nuestro trabajo particular.

En esos años no había ni uniformes de trabajo asignados, apenas los que estaban disponibles en el perchero, cascos hechos de cartón prensado, algunos de fibra plástica y otros de metal; y capotines de caucho negro y botas de jardinero.


El paso del tiempo ha traído algunas ventajas, como el carnet que permite el pase libre en el servicio público de transporte urbano -del que no disfruté porque en este país donde hoy vivo no me es necesario-, y sobre todo la posibilidad de trabajar como especialista en seguridad integral -prevencionista- con apenas unos cuantos cursillos sin haber pisado la universidad.


Entonces, resulta verdaderamente increíble, por no decir tonto, que después de más de 160 años de creada la primera compañía, tantos muertos y heridos en el cumplimiento del deber, y tantos bomberos en la miseria, el otorgamiento de un beneficio interesante y merecido para las personas de escasos recursos, como es esta pensión de jubilación a los voluntarios que cumplan los 65 años de edad, cause rechazo.


Un análisis más profundo de la medida nos da una mayor explicación sobre la incomodidad que en algunos ha producido esta norma: corta de un sablazo las aspiraciones de un grupo de jefes atornillados a los principales cargos, pues los pasa al retiro al cumplir los 65 años de edad.


Muchos de estos interesados bomberos, que solo se dedican a sacar lustre a sus entorchados sin preocuparse de verdad por el bienestar de su gente, y a impulsar sus negocios personales de prevención de incendios y formación de brigadas, andan sumamente preocupados pues la jubilación les significará entregar los bienes asignados por la institución:


Automóvil, gasolina, radio, teléfono móvil con línea e internet, uniforme, y sobre todo perder los contactos con empresas y autoridades a partir de una representatividad de jefes en el CGBVP que les favorece en manejar sus propios negocios.


Por eso es importante no dejarse manipular por los de siempre, los que han estado empernados a los cargos, y que desde ahí los han usado y pisoteado.


Acostumbrados al azote y al yugo que sobre ellos le impone el llamado Oficial General, que llega a esos cargos la mayoría de veces gracias a la amistad o cercanía con jefes clave y sin haber cumplido con los requisitos que ellos mismos impusieron -hay pocas excepciones-, estos bomberos deben abrir los ojos y ver la realidad y los cambios positivos que se vienen.


Y entender que esta norma del Congreso es para voluntarios como el viejo Pantoja, de la Bomba Francia, a quien yo conocí y con el que asistí a muchos incendios, y que penosamente terminó sus días pidiendo limosna en la puerta de la Iglesia La Merced del centro de Lima, sin recibir el apoyo de su institución, apenas el de algunos amigos.


Como punto final, me sorprende el comunicado que el CGBVP ha emitido, donde parece sentirse sorprendido y dice no haber sido “consultado” -para estas cosas, siempre los bomberos están en la luna-.


Sin embargo, el mismo ha sido prontamente refutado por un oficio del propio Congreso, donde se señala que, efectivamente, la institución voluntaria no respondió a la consulta -porque sus jefes de la época eran incapaces de escribir ni una carilla-. Aunque sí hay opinión favorable de la Intendencia de los Bomberos Voluntarios.


No se sabe las vueltas que da la vida, tal vez muchos de los que hoy ciegamente se oponen, en unos años necesiten de estos beneficios.


Foto: Radio Nacional Perú.