• José Musse

El poder del poderoso

Updated: May 9


Por décadas muchos agoreros han dicho y redicho que el imperio norteamericano está colapsando. Que serán los rusos y los chinos los siguientes en la línea de sucesión. Antes, fueron los árabes y mucho antes los japoneses los que liderarían el planeta, según ellos mismo, reemplazando a los Estados Unidos de América. La promesa de la India está clara, sumergida en el manto de la muerte, no podrá ser vista más como un candidato de poder global, solo un comprador gigantesco.


Los cuatro años de Donald Trump fueron una muestra, según ellos, de que el nuevo imperio romano mostraba signos de deterioro, de decadencia y que la democracia nunca podría competir con el autoritarismo de Vladimir Putín, Xi Jinping y Kim Jong-un.


Hasta que el virus surgió. El mundo entró en pánico y pocos querían la vacuna rusa o china. La aceptan porque es lo que hay o peor es no tener nada. Sus líderes como Cristina Kirchner la han adquirido más por agenda política y alineamiento ideológico antes que convencimiento de su eficiencia y los que no, porque no hay muchas opciones en el mercado. La vacuna de Pfizer es el nuevo commodity.


Ser un líder global no solo requiere una moneda fuerte, sino más importante credibilidad y confianza. Saber que si se alinean a un poder extranjero este es confiable para su propio y egoísta beneficio. Europa no pudo producir vacunas a la velocidad necesaria dependiendo de los lotes de envío norteamericanos y cuando el presidente Joe Biden anunció su primer desafío de 100 millones de dosis administrada en sus primeros 100 días, los líderes europeos entraron en pánico. Hicieron un sútil anuncio desde Bruselas, esperando y llamando a EE.UU., a cumplir con sus compromisos de entrega. La dependencia estaba ahí, todavía Europa es la viva imagen que desarrollo, calidad de vida y economía boyante no es suficiente. El ingenio americano es vital para su supervivencia. Ni Alemania pudo hacerlo mejor. Lo mismo que se vio en las décadas de los treinta hasta los noventa. Es decir, desde la Segunda Guerra Mundial a la Guerra Fría.


Ahora que el gigante americano tiene el 44% de su población vacunada. Las ciudades entran a una fase de normalización. Solo en New York se han vacunado 5 millones de personas semanalmente. Entrando a la curiosa fase de casi rogar a sus ciudadanos que se vacunen, porque la paradoja es que hay más vacunas que gente dispuesta a vacunarse. Con esa capacidad industrial y logística sin precedentes, el titan recién mira al resto del planeta. El lion share. El rey ha terminado de satisfacer sus necesidades y puede atender a sus dependientes y a veces renegados súbditos y les ha ofrecido la dádiva de liberar patentes de la vacuna.


José Musse

New York City.


Foto: Tim Mossholder

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