• Fernando Bermejo Martín

Miedos


El otro día, paseando por las calles de Marvão, en Portugal, intenté descubrir una razón objetiva de por qué en ese país se permite pasear al aire libre sin mascarilla si no hay aglomeraciones de público mientras que en España una persona paseando sola por el campo puede ser multada si no utiliza tal aditamento para protegerse a pesar de que no haya nadie a su alrededor que pueda contagiarla ni a quien contagiar. ¿En qué nos diferenciamos los españoles de los portugueses? ¿Quizás solo por pasar a otro país nuestra sensatez y prudencia son diferentes? ¿En qué se diferencian nuestras autoridades políticas o sanitarias? ¿Es que los criterios objetivos de contagio son diferentes simplemente por atravesar la línea imaginaria de la frontera? No encontré respuestas adecuadas a estas preguntas.


Cuando acabe esta dramática pandemia, ¿quiénes estarán psicológicamente más afectados, aquellos a los que se obliga a protegerse incluso cuando la amenaza no existe, o quienes deben desarrollar criterios objetivos para saber si es necesario o no tomar medidas de protección?


Conozco a personas con una excelente formación, incluso sanitaria, y con un alto nivel cultural, a los que el miedo tiene atenazados. Y a otros, con menos capacidad de análisis crítico de la situación, que han desarrollado comportamientos casi histéricos a causa del bombardeo de información alarmante que les llega cada día. El daño psicológico a muchas de estas personas va a ser terrible y permanecerá cuando la epidemia halla remitido.


Por otro lado, no salgo de mi asombro al ver a otros que no se protegen en absoluto y cuyo desprecio al riesgo es algo más que eso, es también un desprecio a los demás a los que pueden poner en peligro con su actitud. Y no sé ni que decir sobre aquellos que en un alarde de estupidez niegan que nos estemos enfrentando a una pandemia a pesar de las evidencias. Estos últimos son el claro ejemplo de que la evolución de las especies enunciada por Darwin no siempre genera individuos mejores.


La angustia y la desconfianza están echando profundas raíces en buena parte de nuestros conciudadanos.


El miedo es un mecanismo de supervivencia que nos permite reaccionar para adaptarnos al medio en el que vivimos y reaccionar ante las amenazas. Pero cuando su intensidad sobrepasa el nivel de la amenaza, se convierte en patológico y es altamente pernicioso.


Foto: Anna Shvetz