• José Musse

La casa del hombre araña



No hace mucho recibí un mensaje de mi madre ⎯⎯La señora de la casa del hombre araña te manda saludos y te recuerda con mucho cariño⎯⎯ Más confundido no podía estar. Mi madre es muy formal, no bebe alcohol, no fuma y a su edad tomar drogas no es una opción creíble. Aunque sí puede haberse excedido con alguna medicina. La llame por teléfono y me aclaró todo.


En mi país natal, vivía en un vecindario muy florido. Mi vecina tuvo la feliz idea de pintar su vivienda de dos pisos con los colores azul y rojo. Un azul y rojo encendido. Nunca he sido una persona muy sociable, no trababa conversación con ellos, más allá de un saludo ⎯⎯de buenos dias, buenas tardes, buenas noches⎯⎯ No sabía de nombres o apellidos. Me refería a ellos como la casa del hombre araña.


En la década del 90 trabajaba duro para sacar adelante mi pequeña empresa, trabajaba todavía en casa. Mi principal negocio era la venta y recarga de extintores. Tenía un día en mi cochera 17 extintores, cada uno de 12 kilos listos para ser entregados a una empresa pesquera. Pero en lugar de entregarlos, me estaba relajando en la sala de la casa escuchando música. Estando frente a la ventana escuché el sonido de unos vidrios rotos y ví un humo oscuro que emergía de la casa frente a la mía.


Incendio en la casa del hombre araña y estaba por convertirse en un flashover.


Salí corriendo para encontrarme con otros vecinos que corrían para ayudar. Mi madre estaba llamando a los bomberos por indicación mía. Abrí la puerta de la cochera y repartí los extintores entre los presentes con la indicación de no usarlos y seguir mis instrucciones. Habían dos niños en esa casa y entre a buscarlos, estando a salvo aislamos el incendio en una sola habitación. Abría la puerta, descargaba un extintor y la cerraba. El fuego se había autoventilado. Toda la ventana estaba rota y el viento la empujaba al interior de la casa.


Cerrar esa puerta y descargar los extintores controlaron el fuego y evitaron que se quemara toda la casa. Los bomberos arribaron 20 minutos después. Mi unidad la Antonio Alarco 60, a dos calles, estaba fuera de servicio. La Unión Chalaca llegó y me extendió una línea de agua que terminó extinguiendo el fuego.


Era una familia humilde. El esposo había fallecido y dos hermanas vivían con sus hijos pequeños. Se mantenían haciendo trabajos de costura. En el cuarto donde empezó el fuego, almacenaban las telas y tenían la máquina de costura que se quemó. En ese mismo cuarto los dos niños se pusieron a jugar con fósforos. El fuego empezó y comenzó a crecer. Lejos de avisar a sus madres se escondieron por miedo a ser castigados. El infierno se desató, aunque esta vez no cobró ninguna vida.


Se convirtió en una anécdota que conté durante mucho tiempo, pero un día simplemente me olvidé. Mi madre me dijo que la vecina siempre la visita y le lleva algún pastel o bocadillo, que le pregunta por mi y le relata lo agradecida que está, aunque hayan pasado casi tres décadas.


Mi ácido vecino español Alejandro me diría ⎯⎯parece que en tu puta vida alguien te cogió cariño⎯⎯ A lo que le respondería. ⎯⎯Solo porque no me conoció mejor⎯⎯



José Musse

New York

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