Haití: el Colapso del Estado Héctor Villarreal Publicado - Published: 24/01/2010¿Por qué en República Dominicana no hubo un desastre como el de Haití? ¿Si ambos países forman una sola isla, La Española, que es del tamaño de Chiapas, por qué de un lado de la frontera hay consecuencias tan distintas a las del otro? Pedernales, una localidad dominicana colindante, resultó sin el menor daño, mientras que la ciudad haitiana de Jacmel, a 50 kilómetros de distancia, resultó devastada. El gobierno dominicano estableció una “alerta roja” en las localidades próximas al mar ante el riesgo de un tsunami, pero no tuvo víctimas que contar ni daños materiales de consideración que atender.
UNA ISLA, DOS DESTINOS
La respuesta puede tener que ver también con lo que de pocos años a la fecha ha venido llamándose Estado fallido. Haití lo es, República Dominicana, no. La expresión se ha difundido en buena medida porque la revista Foreign Policy ha publicado anualmente, desde 2005, un Índice de Estados Fallidos (Failed States Index), elaborado por un equipo de especialistas que trabajan para The Fund for Peace, organismo no lucrativo con domicilio en Washington DC. Se trata de una lista que clasifica a los países según su estabilidad o inestabilidad, a partir de considerar aspectos sobre la legitimidad con la que cuenta un gobierno entre la población, la capacidad de éste para brindar seguridad y proporcionar servicios públicos, la existencia o no de conflictos o movimientos sociales de protesta y el respeto que se garantiza a los derechos humanos, entre otros.
Algunos académicos prefieren llamarles Estados frágiles (Fragile States); otros, Estados que están fallando (Failing States), y algunos más Estados débiles (Weak States), debido a que es polémico precisar en qué momento y condiciones se pasa de lo no fallido a lo fallido, por lo cual tratan de acotar la noción a distintos grados de riesgo de ingobernabilidad o poca capacidad o ineficiencia para cumplir con las tareas que les corresponden. Así, a los que dejen de funcionar por completo se les puede llamar Estados colapsados (Collapsed States), lo que sería prácticamente equivalente a fallidos.
LOS DESASTRES TAMBIÉN SE CREAN
En este momento Haití es un ejemplo perfecto de un Estado colapsado. Casi lo era antes del sismo. En el Índice de Estados Fallidos ocupó el lugar número 12 el año pasado, entre el grupo de los 38 que así fueron considerados, encabezados por Somalia, y entre los que están Afganistán, Irak, Pakistán, Congo y Sudán. México es el número 98 del total de 177 países —diez abajo de Dominicana—, y está en el grupo entre los que se señala una advertencia que previene del riesgo del colapso.
The Fund for Peace considera que está fallando un Estado cuando su gobierno pierde control físico de su territorio o es débil su monopolio del uso legítimo de la fuerza. Otros síntomas son la erosión de la autoridad para tomar decisiones colectivas, la incapacidad para proveer servicios públicos y la pérdida de la capacidad para interactuar con otros Estados como un miembro de la comunidad internacional. Una población que vive con estas deficiencias está mucho más expuesta o vulnerable a las consecuencias de la actividad sísmica y de fenómenos meteorológicos en comparación con quien reside en uno estable, “sustentable” o donde impera el derecho porque en tales condiciones no se tienen los recursos y la capacidad operativa para prevenir los daños, ni para proteger o auxiliar a su población durante la contingencia o para conducir o coordinar las acciones de reconstrucción y mantenimiento del orden. Así pasa en Haití, que ha sido víctima de la eventualidad de un desastre natural, pero también de su propia incapacidad o negligencia para darse un orden que le permita tener y mantener instituciones certeras.
HISTORIA DE UN COLAPSO
Con más de 570 millones de dólares el Banco Mundial ha financiado 37 proyectos para promover el desarrollo económico, político y social en Haití desde hace 20 años. Esto casi equivale a 10 por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB), el equivalente al presupuesto en México de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) para este año.
Haití es del tamaño de Nayarit y tiene una población (casi nueve millones de habitantes según cifras de 2007) cercana a la del Distrito Federal. Es también uno de los países que tiene “más uso prolongado de recursos” del Fondo Monetario Internacional (FMI) —más de 20 años— en programas económicos respaldados financieramente para asistir o aliviar sus crisis o “desequilibrios”. Su deuda externa llegó el año pasado a mil 506 millones de dólares y estaba a punto de recibir una condonación de la tercera parte en consideración a su pobreza por parte del Fondo Monetario Internacional (FMI) para que destinase los recursos a prioridades como la formación de una policía nacional.
En septiembre de 2007 el gobierno haitiano se comprometió con el FMI a establecer una Estrategia para la Reducción de la Pobreza que el organismo internacional le propuso. Un plan perfecto hasta que al año siguiente las tormentas tropicales y huracanes arruinaron 60 por ciento de los cultivos —dos terceras partes de la población está empleada en la agricultura, casi toda de autoconsumo—, afectaron a 865 mil personas y obligaron a permanecer como refugiadas, sin hogar, a 130 mil. Los daños económicos fueron calculados en 900 millones de dólares, aproximadamente el equivalente a 15 por ciento de su PIB. Tres años antes la tormenta tropical Jeanne había causado la muerte de cinco mil personas. Ante tal evidencia, el Banco Mundial definió a Haití como “uno de los países más vulnerables a eventos naturales adversos”: sus altos niveles de pobreza, “la falta de infraestructura, el medio ambiente degradado y la historia de los gobiernos ineficaces, a menudo convergen para ampliar el tamaño y el alcance de un desastre natural”.
Al momento del terremoto Haití dependía casi enteramente de ayuda extranjera para mantener los servicios públicos y proveer ayuda humanitaria. Desde 2004 había siete mil soldados y dos mil policías de Naciones Unidas (Cascos Azules) para suplir la carencia de policías propios del gobierno haitiano, especialmente para combatir a los grupos armados y las pandillas dedicadas al crimen.
La proporción de gente que sobrevive con menos de un dólar diario sigue siendo la misma que en 1990: más de la mitad. Casi tres cuartas partes sobrevivían con menos de dos dólares diarios (ahora pueden ser muchos más) y 10 por ciento de los más ricos obtienen más de la mitad de los ingresos, mientras que 10 por ciento de los más pobres apenas alcanza 90 centavos de cada cien gourdes (moneda local; la traducción es guajes).
CORRUPCIÓN Y POBREZA
¿La corrupción es causa de la pobreza o la pobreza propicia la corrupción? ¿Tienen relación entre sí? Los Estados fallidos son también, en general, los más corruptos. En contraste, los países con más alto desarrollo social son los que cuentan con más estabilidad, hay más equidad en la distribución de la riqueza y menos corrupción. De acuerdo con Transparencia Internacional y su Índice de Percepción de la Corrupción 2009, de entre 180 países Somalia es el más corrupto, luego Afganistán, y Haití está en el décimo sitio. México está justo a media tabla, por cierto, clasificado cerca de República Dominicana. Estos resultados muestran que los países que se perciben como los más corruptos son también aquellos asolados por conflictos de larga duración, que han erosionado o desmantelado toda institucionalidad y cualquier mecanismo de gobernabilidad. En ellos, la corrupción “es uno de los factores que mejor explica la pobreza en muchos países y su dificultad para salir del subdesarrollo”.
El país menos corrupto del mundo es Nueva Zelandia, luego Dinamarca y en tercer lugar Singapur. Este último es una pequeña isla, de apenas 707 kilómetros cuadrados, entre Malasia e Indonesia. Tiene la mitad de los habitantes de Haití en una superficie 39 veces menor. No hay espacio para cultivos. Su economía carece de actividades primarias (extractivas y agropecuarias), casi tres cuartas partes está dedicada a los servicios y el resto a la industria. Como colonia del imperio británico, Singapur sufrió la ocupación militar de Japón durante la Segunda Guerra Mundial. Fue apenas hace 34 años que logró su independencia. Desde entonces su economía ha crecido un promedio de nueve por ciento anual, su población goza de un elevado estándar de vida y seguridad en todas sus dimensiones. De manera contrastante, Haití se independizó en 1804, seis años antes que México. Y poco después invadió República Dominicana (1822-1844). Al igual que Haití, Dominicana ha tenido una historia de dictadores y de intervención de Estados Unidos, pero la historia de su gobernabilidad y desarrollo es distinta, con un éxito moderado. ¿Qué combinación de variables ha dado lugar en cada caso a un alto, medio y bajo desarrollo? ¿La cultura, la intervención extranjera o el azar?
¿LECCIONES PARA MÉXICO?
De allá, las imágenes en televisión de un campamento de heridos afuera de un hospital entre montones de basura y sus correspondientes enjambres de moscas, como si fuera un elemento constitutivo del paisaje que no debe ser alterado, o como patrimonio cultural y ecológico salvaguardado. Acá, las imágenes de un camión de basura que aplasta a dos vehículos, cayéndoles del cielo (creo que el grado o tipo de civilización —de civilidad— se manifiesta en la relación que cada sociedad establece con su basura y el tratamiento que le da). De Haití, las imágenes de una cárcel —muladar— vacía; de México, el mismo día, la noticia del noveno aniversario de la fuga de El Chapo Guzmán de un penal de “máxima seguridad” y al día siguiente, la de 23 reos asesinados y 20 heridos en un “Centro de Readaptación Social”. México ya rebasó el referente de la colombianización; ahora parece ir en picada hacia la pakistanización, con más ejecutados y decapitados por día que víctimas del terrorismo, o hacia la haitización, con más personas en la miseria cada día.
Milenio.com
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