Disposición Transitoria Fernando Bermejo Martín Publicado - Published: 12/03/2008 Un relato ilustrativo de que su vida puede estar en serio peligro sin que Vd lo sepa
El sudor le empapaba la camisa e incluso la chaqueta empezaba a presentar manchas de transpiración. Y eso que el aire acondicionado a plena potencia le mantenía a salvo del húmedo y cálido clima caribeño.
Estaba absolutamente agobiado.
A pesar de que su taxi iba a buena marcha sorteando el intenso tráfico matutino, a él le parecía avanzar a paso de tortuga. Se desesperaba cada vez que llegaban a un semáforo cerrado y el taxista lo respetaba.
Su tradicional postura de respeto escrupuloso a las normas se retorcía en su interior ahora que necesitaba saltar por encima de encorsetamientos. Estaba en juego su vida y las normas de tráfico eran un freno ridículo.
Pero lo que resultaba desesperante era ver que otros taxis les adelantaban.
— ¿No puede ir más rápido?—Preguntó al taxista —Nos adelantan todos.
— Lo siento señor —Le respondió este con calma —Está prohibido.
— ¡Pues estará prohibido, pero sus compañeros no hacen caso! —Respondió con acritud al taxista.
— Verá señor, no se me enfade. Yo tengo licencia del año 2000 y por eso no puedo pasar de 40 Km por hora en ciudad. Solo pueden hacerlo quienes se han sacado la licencia a partir del 2005.
— ¡Qué estupidez! ¡Qué tendrá que ver la fecha de la licencia, si los coches son iguales!
— En eso tiene razón, pero la nueva norma sobre licencia que amplió los límites de velocidad no se aplica a las licencias ya concedidas. Aquí son muy estrictos con eso y me pueden retirar la mía. Nuestra Constitución es muy clara: las normas no pueden aplicarse con carácter retroactivo.
— ¡Gilipollas! —Refunfuñó entre dientes
— ¿Me decía algo señor?
— Nada.
La discusión parecía haberle tranquilizado momentáneamente, pero al renunciar a ella su corazón volvió a acelerarse. Empezó a retorcer la corbata que llevaba en las manos y al darse cuenta de ello abrió la cremallera del maletín donde llevaba su ordenador portátil y la guardó.
Hacía cinco años que se había establecido allí. En un precioso país caribeño con las playas de ensueño con que siempre soñó. Su éxito profesional le había puesto entre los arquitectos de élite y no había podido rechazar la oferta profesional que le habían hecho: desarrollar en un paraje virgen una completa ciudad de vacaciones que sería una de las maravillas turísticas del mundo.
Todos decían que tenía dotes especiales para el diseño. Sus edificios eran magníficos. Pero lo que le había llevado a ser el preferido de los promotores era su habilidad para hacer espléndidos diseños salvándose las ataduras de los códigos de construcción.
Había desarrollado una especie de genial capacidad para que sus edificios superasen las inspecciones oficiales. A veces los inspectores le atacaban porque sus singulares edificios no estaban muy bien protegidos o apenas cumplían los mínimos requisitos legales. Pero siempre había podido demostrar estar cumpliendo la ley. El problema no era suyo si quienes hacían las normas no exigían más. Su máxima era “Un arquitecto se debe a sí mismo y a su cliente”. Esa política le había hecho rico. Quienes le confiaban sus proyectos sabían que ahorrarían mucho dinero, y estaban dispuestos a compartirlo con él.
El golpe definitivo lo había dado con un proyecto de cinco enormes rascacielos de 50 plantas cada uno, a pocos kilómetros de Madrid, que incluía también un moderno centro de ocio. Había coincidido con uno de los promotores en la cena anual de convivencia que organizaba el Colegio de Arquitectos y a la que tradicionalmente se invitaban a destacados promotores inmobiliarios. Durante la cena habían hablado de los pormenores del proyecto, y en un momento su vecino de mesa se había quejado del disparatado montante económico que suponía proteger con un sistema automático de extinción por rociadores de agua todos los edificios. No contaban con ello y les iba a suponer una seria pérdida de beneficios.
Mientras iba obteniendo detalles del asunto, en su mente se abría paso una idea genial. Conocía el proyecto. De hecho se había muerto de envidia pensando en él. Acababa de terminar una promoción de seis chalets adosados justo en la parcela limítrofe a la del complejo en cuestión. Después de tomar varias copas al final de la cena, se ofreció a colaborar con la empresa promotora.
— ¡Puedo ahorraros mucho dinero si me dejáis participar! — Fue su oferta detrás del cuarto güisqui. Y para su sorpresa todo había salido perfecto.
Al final, la promotora, le había encargado dirigir el proyecto, diseñar los rascacielos y dirigir las obras. Había sido su lanzamiento al estrellato de la arquitectura internacional.
Los preciosos rascacielos se construyeron sin sistema automático de extinción. Pero se hicieron legalmente. Le parecía mentira que nadie hubiese caído en la cuenta de que una disposición transitoria del Código de Construcción no exigía su cumplimiento a los proyectos que hubiesen sido presentados para su aprobación antes de que el Código entrase en vigor. El Ayuntamiento intentó denegar la licencia de construcción alegando que los proyectos de ejecución de los edificios se habían presentado posteriormente, pero finalmente habían tenido que ceder porque el proyecto inicial de todo el complejo, muy anterior a los proyectos constructivos, definía todos los medios de protección contra incendios, y lo que era más importante:¡Había sido aprobado por el Ayuntamiento, que no tenía vuelta atrás salvo que indemnizase a los promotores!
La jugada maestra que le había servido para diseñar los cinco rascacielos más altos de España había sido la llave que le había proporcionado proyectos en todo el mundo.
El país en el que ahora estaba era perfecto. Moderno, con todo tipo de posibilidades y con un pujante desarrollo que le permitía disfrutar de la vida. Esperaba que sus servicios sanitarios, de los que había oído hablar como pioneros, estuviesen a la altura necesaria ahora que los necesitaba.
El punzante dolor sobre la ceja empezó de nuevo. Era como si le perforasen el cráneo. Sabía lo que iba a venir después porque en la última semana la frecuencia de los ataques había ido creciendo de día en día. Después el dolor se iría pasando hacia el oído y empezaría a marearse. Finalmente el dolor sería insoportable y perdería el conocimiento. Hacía días que sólo se trasladaba en taxis por el miedo a un accidente.
Tenía que haber ido antes al médico. No necesitaba para nada cumplir los plazos de entrega del proyecto del edificio de la Televisión Nacional. Era solo una cuestión de prestigio, porque los honorarios ya no le decían nada. Tenía suficiente dinero para que no le importase algún millón más. Pero ni siquiera había pensado en que pudiese ser algo grave. Unas migrañas que se pasarían cuando estuviese más relajado.
Y ahora aquel médico con aspecto de actor de Hollywood le había dado el susto de su vida: — Puede ser un tumor, y serio— le había dicho. —Siento asustarle, pero no pinta bien, debe ir al hospital ahora mismo. Pero no se preocupe, nuestra sanidad es de lo mejor del mundo y seguro que le solucionan el problema. Y por ley es gratuita para todos.
— ¡Menudo imbécil! — Había pensado. — Como si yo necesitase ahora de beneficencias.
Pero, aunque no le hubiera importado ir al hospital más caro, lo cierto es que la Sanidad era pública por ley. No se permitían hospitales privados, pero lo compensaba que, según había oído comentar, disponía de los medios de diagnóstico y de tratamiento más avanzados existentes.
No le consolaba mucho. Hubiera preferido no necesitarlos, pero no había elección.
Finalmente el taxi giró después de unos preciosos jardines y apareció la imponente mole del
Hospital Central.
— ¿A que sitio vamos? —preguntó el taxista.
— A Urgencias.
Echó un rápido vistazo al taxímetro y sacó un billete grande que dejó al taxista con la boca abierta cuando salió del taxi sin esperar al cambio.
Entró en la puerta de Urgencias y se dirigió a un mostrador sobre el que había un letrero que indicaba que allí estaba el Servicio de Admisión. Antes de llegar sintió un repentino mareo que le hizo perder el equilibrio y golpearse contra la pared.
Dos celadores le atendieron rápidamente y cuando se recuperó un poco vio que tenía enfrente a una enfermera (¿O quizás fuese una médico?) con aspecto muy profesional.
— ¿Se encuentra mejor? —Le preguntó la mujer.
— Sí. Pero necesito asistencia inmediata. Tengo unos terribles dolores de cabeza cada vez más frecuentes y mi médico de zona me ha dicho que puede ser un tumor muy serio.
— No se preocupe. Está en buenas manos.
Los calmantes que le dispensaron le ayudaron a soportar toda la batería de pruebas diagnósticas que siguieron. Soportó lo mejor posible la claustrofóbica sensación de verse introducido en un tubo cerrado con la cabeza completamente bloqueada por unas correas entre dos mamparas de algún tipo de material plástico.
Dos horas después, estaba en la consulta de un médico. Un despacho con poco lujo pero muy funcional.
Tras revisar todos los informes de la historia clínica el médico levantó la cabeza con un gesto muy serio. —Hay que intervenir de inmediato. — Le dijo. —Podemos quitar el tumor, pero no tenemos mucho tiempo. Está creciendo con mucha rapidez y puede producir en cualquier momento una hernia cerebral.
— ¿Eso es muy grave?
— Es mortal. Lo siento, pero no sabemos exactamente el tiempo que tenemos. Pueden ser sólo horas.
— Pues adelante. Estoy en sus manos.
— ¿Usted es español, no?
— Sí.
— Eso es un problema. No vamos a poder intervenirle.
— ¿Cómo? ¿Qué tiene que ver que sea español? La Sanidad Pública cubre también a todos los extranjeros.
— Sí, tiene razón, pero la neurocirugía intracraneal solo puede utilizarse con extranjeros nacidos después de 1980. La nueva Ley de Sanidad establece plenas coberturas obligatorias para todos, incluso los extranjeros, pero según una Disposición Transitoria sólo se aplica a los extranjeros nacidos después de su entrada en vigor. Así que los que como usted nacieron antes, no tienen derecho más que a las coberturas obligatorias antes de su vigencia. Lo siento, tiene derecho a atención y diagnóstico, pero no podemos operarle.
— ¡Puedo pagar lo que cueste! ¡No importa cuanto!
— No es cuestión de dinero. La Sanidad es gratis por ley. No podemos cobrar, podríamos perder nuestra licencia de médicos.
— ¡Esto es de locos! ¡Son todos unos estúpidos!
— Es injusto, entiendo su enfado. Tenemos la tecnología y la preparación, pero no podemos aplicarla porque la ley no cubre su caso. Y no hay solución. Tiene que buscar otro hospital fuera de nuestro país. A cuatrocientos kilómetros, en la ciudad de Lucán pueden atenderle. Su Servicio de Neurocirugía es muy bueno, y puede llevarles nuestros informes. Está a solo diez kilómetros de la frontera. Son unas cinco horas de viaje en coche.
— ¿Y en avión?
— Usted no puede viajar en avión. Los cambios de presión podrían matarle. Tiene que ir en coche. Y debe darse prisa porque se está jugando la vida por minutos.
Una hora más tarde, camino de su salvación más allá de la frontera no podía ni siquiera vomitar todos los improperios que se le venían a la mente. El corazón se le salía del pecho. Había ya renunciado a insistir al taxista en que se saltase los límites de velocidad. No había conseguido junto al hospital un taxista con licencia para ir a los 100 kilómetros por hora máximos que permitía la carretera. Otra vez la norma de no retroactividad. ¡Estaba en un país de estúpidos! Poner en peligro la vida de la gente por una cuestión de vigencia de las normas.
De nuevo empezó a sentir el dolor punzante sobre la ceja derecha. Era el segundo ataque en las dos últimas horas. El dolor le hizo sentir una alucinación. Se veía a sí mismo intentando huir del humo en un edificio incendiado. Se asfixiaba y la salida no se veía por ninguna parte. ¿Por qué no había un sistema de extracción de humos? ¿O un sistema de extinción automática? Se sentía morir.
Abrió lo ojos y a través de las lágrimas que le producía el agudo dolor pudo distinguir un letrero junto a la carretera: “LUCÁN 250 kilómetros”.
Y pensar que salvar o no su vida podía depender sólo de la fecha de entrada en vigor de una norma.
No era muy religioso, pero no pudo evitar una pequeña oración: ¡Dios mío, haz que llegue a tiempo!
* Fernando Bermejo Martín es Inspector Jefe de Bomberos de Badajoz y Presidente de la Asociación de Profesionales de Ingeniería Contra Incendios (APICI)
Nota del Autor: Las normas españolas de protección contra incendio no tienen carácter retroactivo. Los ocupantes de un edificio pueden tener su vida en riesgo por el simple hecho de que dicho edificio se construyó antes de que entrasen en vigor las normas actuales de protección contra incendios que podrían permitirles ponerse a salvo en caso de incendio en el edificio.
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