Los homeópatas utilizan sustancias orgánicas procedentes de animales y vegetales, así como sustancias inorgánicos que los obtienen de los minerales, los cuales son diluidos en agua, casi hasta su máxima expresión, o dichos de otro modo, hasta casi la nada. El médico convencional dirige sus conocimientos y su ciencia a solucionar los síntomas que causan las enfermedades y como es casi imposible abarcar todo, entonces, esto ha motivado que se originen las diferentes Especialidades, para una atención más completa del enfermo y sus males. Los homeópatas, opinan, que ven a los pacientes como un todo, no toman muy en cuenta sus dolencias, sino que entienden que el cuerpo y el alma es una sola cosa y las medicinas deben ir dirigidas al tratamiento de estas dos partes en forma conjunta.
Hago esta pequeña introducción con la finalidad de establecer conceptos bien definidos de lo que es la Homeopatía y los curanderos de nuestra tierra, ya que en estos últimos tiempos, no solo en nuestra región Amazonas, sino en diversas partes de nuestro territorio se viene escuchando la presencia de personajes, algunos con buena intención, otros no bien informados que confunden a los homeópatas con los curanderos o los chamanes y caen sencillamente como víctimas, perjudicando su salud y las más de las veces, su economía. Cuantos personajes, en todo el territorio de nuestra Región, en los pueblitos más escondidos, en los caseríos, en el fondo de nuestras quebradas y ríos, así como en las cumbres de nuestros cerros o en la inmensidad de nuestra selva abrupta y salvaje, o en las casas de los centros poblados, han curado a cientos de enfermos con sus actos de magia o hechicería, sus dietas de ayuno, sus pócimas, sus ungüentos, sus lavativas, sus brebajes, sus sobadas de cuy o de huevo, o metiéndolos en el calor de la panza de un buey o dándote de tomar sangre de toro negro, para que seas fuerte y valiente.
Muchos de nosotros llegamos a este mundo gracias a las manos de las curiosas, como doña Rosita Cuipal y doña Flor Mori en Lamud, encargadas de recibir a cientos de niños que alegraban las diferentes casas de los ricos y de los pobres. En Bagua, la tierra de Jacinto, habían las señoras Maruja Calderón, Maximina Clemente, doña Lolita Peralta, pero la más buscada, porque inclusive sabía la hora exacta del parto, era la señora Orfelia Cabanillas Peralta, quien fue una de las pocas, como doña Toribia Ramos, de tener una certificación del Ministerio de Salud Pública, por su excelente dedicación como partera. En Chachapoyas, en la década del 30, las comadronas de moda fueron doña Toribia Ramos o doña Rosita cuyo apellido no recuerdo, pero vivía por arriba por la plazuela de la Virgen de Natividad, cerca a la chichería de La Escalera, que se convertían en una especie de madrinas a las cuales respetábamos, queríamos y las decíamos “Mamita”.
Ellas hacían lo que podían y seguro aprendieron el “arte de curar” de otras señoras. Nuestro cordón umbilical era amarrado con hilo Cadena Nº 10 con cera negra y cuando no había hilo, con pabilo o a última hora con cabuya,… cubierto nuestro ombligo con una tira de tela, llamada pupo guato y los recién nacidos eran fuertemente empaquetados con unas fajas, para que “no nos asustemos por la noche y no se malogre nuestras caderas y nuestras piernas no sean chuecas”. Las comadronas cuando tenían un parto difícil llamaban al único médico del pueblo que sabía manejar los fórceps, claro sin anestesia ni sedación de ninguna clase, mientras afuera de la habitación donde se realizaba la operación, esperaban el papá y sus compadres atentos a escuchar el primer grito y tomar aguardiente o guarapo que era el guanbrishpa, que se decía era la primera orina del recién nacido. Nuestras madrecitas permanecían en la cama hasta 40 días y alimentadas con caldo de gallina negra. En esos tiempos no había leche pasteurizada ni maternizadas, solo eran los pechos de nuestras progenitoras los que nos hacían crecer sanos y fuertes hasta que apareció la miss Marion, alojada en la casa de los Mac Kays, en la esquina de la Plaza de Armas, frente al Centro Escolar de Mujeres, una escocesa alta y buena moza, que además de ayudar a buen nacer, se daba el tiempo de recomendar el nombre para los recién nacidos y así evitar que sigan aumentando las Marías, las Rositas, las Carmencitas y empezaron a brillar en nuestras agendas los nombres de Doris, Enith, Judith, Apolos, Samuel, David, Abraham y cuanto nombre de tipo evangélico, que ya no encajaba con los almanaques Bristol, de donde se escogían los nombres de acuerdo a la fecha en que nacía.
Qué raro me parece escuchar por Reina de la Selva, a un extranjero que con todo el desparpajo comenta que viene con cirujanos homeópatas, que cobran S/.40.00 por consulta y que les dan las medicinas por un valor que fluctúa entre los 300 y los 650 soles y que nuestros pacientes, al parecer, aceptan con la esperanza de curar los males que los aquejan. Pienso, a mi modo de ver, que esto es un abuso, pero tengo la seguridad de que son fiscalizados por los señores médicos y las autoridades competentes de la localidad y que su ejercicio es responsabilidad de los mismos.
Esto me da pie para reflexionar en tiempos idos y como no recordar a los señores curanderos de nuestra época, que las más de las veces solo utilizando yerba buena, culén, supisatra, manzanilla, paico y toronjil, aliviaban nuestras dolencias y su pago era un D+os se lo pague o un par de huevitos, una gallinita, un tonguito de chancaca o a lo máximo un carnerito. Ellos como por arte de magia sacaban las hechicerías, el mal de ojos, las brujerías, las envidias, eran hombres circunspectos, callados y solitarios como don Román Noriega o don Panchito Herrera, quien además, era un gran músico, compositor y poeta que nos legó la Marcha de Levanto, que ahora se toca como marcha fúnebre y su melodía tierna y profunda encierra el dolor de nuestros sentimientos y eleva nuestro espíritu cerquita de nuestro Padre Celestial.
Excelentes los personajes de antaño. Curaban la chirapa, las llagas que carcomían el cuerpo de las gentes, los diviesos, la sarna, la uta, las infecciones de la piel que dejaban cicatrices indelebles en su rostro, como los shoros y los shirachos que exhibían sus marcas como el triunfo de haber vencido los males.
Famosas doña María Cruz en Olto, que vivía en una chocita al costado del camino que se iba a Paclas, en la provincia de Luya, en un cuarto con una sola cama para el paciente y para los acompañantes, unos pellejos de borrega para dormir en el piso de tierra apelmazada y en el cielo raso de quincha se apreciaban durante el día, las garrapatas y los zancudos que caían en tu cuerpo durante la noche, pero cualquier sacrificio valía la pena con el fin de curar a tu ser querido, aguantando inclusive las dietas, los ayunos y las sorbidas de una mezcla de agua florida con tabaco. Me cuentan que en Churuja era muy conocida doña Etelvina Zabarburú que seguramente habrá ejercido su medicina artesanal sanando a muchas personas que después nos encandilaron con su belleza física y espiritual. Como ellas, doña Carolina Burga y doña Ashito Alva en Chachapoyas hicieron gala de sus curaciones milagrosas a los bronquios, a los riñones, al mal de espanto o desparasitándonos de las cuicas con su caldo de paico y tu purgante de aceite de ricino, hasta que llegó el kenopodio, sin descuidar a los niños que completábamos los tratamientos con gotas de Vipenta o Emulsión de Scott y su caldo de sustancia de carne para evitar que nos quedemos muermos y poshecos.
Cuando llegué de médico, a la tierra de mis amores, mi hermano Pachaco, el Palito Lorenzo Jiménez y mi compadrito Ariel Herrera, el Chinche, me habían bautizado como don Elíítas y yo, no sabía por qué, hasta que me enteré que don Elías Ramos era un famoso curandero que tenía un hospedaje a manera de clínica en San Jerónimo y donde curaba con yerbas y juramentos a cientos de pacientes que venían de todo el Departamento, e inclusive de Cajamarca, Lambayeque y San Martín. Un gran señor don Elías, padre de un colega que ahora hace la especialidad de Oftalmología, que llegó a visitarme un día a la Sanidad de la Policía en la calle del Triunfo, para pedirme autorización de recibir aquellos pacientes que él no podía curar, a los cuales no les cobraba ni les daba falsas esperanzas, demostrando así, su honestidad y su decencia, que muchos de los colegas quisiéramos tener.
En medio de las sombras, en las soledades abruptas de nuestro Destino hemos crecido y nos hemos hecho hombres, venciendo el ostracismo que la distancia y la falta de medios de comunicación nos señaló, pero tuvimos la suerte de que hombres y mujeres, aquellos en que Cr+sto se hizo carne, fueron bendecidos con el arte de hacer sanaciones y nos prodigaron el cuidado de actuar con honestidad y sin mentiras. Tal vez ellos se adelantaron al maestro Fernando Cabieses utilizando las propiedades de las plantas medicinales, que existen a lo largo y ancho de nuestro hermoso Perú. Estos singulares personajes, unos pocos de los muchos que no menciono, fueron nuestros “Médicos” en lugares donde no habían profesionales de la salud, no habían Postas Médicas, ni Puestos Sanitarios y mucho menos Hospitales.
La vida con sus problemas, sus penas y alegrías, con sus miserias y riquezas, con sus enfermedades y sus vicios, nos permitió encontrarnos a sí mismos. Descubrir nuestras fortalezas y debilidades. Mirar la vida con alegría y no con tristeza, ni con penas. Allí en nuestra orfandad sanitaria, aprendimos a reír y ser felices, a rechazar que la gente nos compadezca. A ser rebeldes y valientes por nuestros ancestros y solidarios en nuestras decisiones.
Respetamos a todos y deseamos que también nos respeten en la misma forma. A rechazar que nos timen o engañen con falsedades o con falsos profesionales, aunque, de repente, no tengamos la protección de las autoridades encargadas de velar por nuestro bienestar físico y moral.
Cambiamos nuestra actitud aprendiendo a perdonar y a pedir perdón por nuestras equivocaciones, pero sobre todo, recordamos que nos inculcaron a amar a D+os sobre todas las cosas y a nuestros prójimos como a nosotros mismos.