El bombero mexicano pasó los siguientes días removiendo escombros y tratando de salvar vidas, pero su heroísmo le pasó la factura: diez años después murió a consecuencia del humo y el polvo que respiró cuando las dos estructuras se derrumbaron... y su familia aún espera la compensación económica que el Gobierno estadounidense prometió.
El martes 11 de septiembre de 2001, Hernández despertó antes de las 6 de la mañana y se sentó al filo de la cama. Había tenido días difíciles –extrañaba a sus hijos y lo mataba la monotonía de su empleo de vendedor en una tienda de televisores en Nueva York–, pero ese día amaneció de mejor humor.
Arned Azis, su patrón, un musulmán paquistaní, le había autorizado unos días para recuperarse de seis semanas de trabajo sin descanso. Se lavó la cara y los dientes, se vistió, se revisó los bolsillos para asegurarse que llevaba las llaves y la placa que siempre portaba con él y salió del departamento que rentaba en la avenida Roosevelt, en Queens.
Lo acompañaba Jaime, un amigo mexicano con el que compartía cuarto. Caminaron frente a las taquerías y abordaron el metro, que a esa hora corre a toda velocidad llevando en sus entrañas ejecutivos de Wall Street, meseros, médicos, albañiles...
Cuando el tren salió del túnel la silueta de Manhattan emergió iluminada por un sol otoñal. Habían planeado pasar unos días en los casinos de Atlantic City. En el metro intercambiaron opiniones sobre la empresa que elegirían para viajar: un par de ellas obsequiaba cupones de 30 dólares para las apuestas. Verían a dos amigas peruanas a las 8:30, a tres calles del World Trade Center. Hernández se había disfrazado de turista: camiseta, jeans y tenis.
Llegaron media hora antes y caminaron a la esquina de Fulton y Church. Hernández, de 1.65, piel chocolate y nariz aguileña, tenía un cuerpo de luchador: la espalda ancha, brazos gruesos y un tórax de cantante de ópera. Sintió hambre y caminó a una tienda donde compró un café y un sándwich de jamón y queso. Cuando regresó encontró a su amigo leyendo el New York Post.
“Ya es tarde y no aparecen estas mujeres. ¿Vendrán en camino?”, preguntó.
Los segundos siguientes fueron confusos: un rugido en el cielo, la panza de un avión demasiado cerca, una explosión, un hongo de humo y fuego. Hernández creyó que se trataba de una de esas películas que se filman en Nueva York. Años atrás había visto en las calles de Manhattan una escena en la que Samuel L. Jackson volcaba una patrulla, y el fuego y los heridos eran tan reales que no parecían ficción.
“¿Será un truco de cine?”, preguntó en voz alta.
Su amigo estaba mudo, con los ojos desorbitados y las manos en la cabeza. Corrieron en sentido opuesto a las torres. La gente a su alrededor miraba los edificios verticales recortados por un cielo sin nubes. Sobrevino un torbellino de papeles y pedazos de metal. Se alejaron para ponerse a salvo y de pronto Hernández se detuvo. Su deber era acudir a las torres. Le pidió a su amigo que convenciera a las peruanas de que lo esperaran: regresaría para ayudar como voluntario.
En la Zona Cero
Rafael Hernández era bombero. Sabía que en los siguientes minutos ocurriría una gran movilización. Eso lo había aprendido en su niñez, que había transcurrido entre historias de rescates en el batallón de bomberos al que pertenecía su papá, en la Ciudad de México. Antes de que le creciera el bigote, Hernández comenzó a sentir una poderosa atracción por las emergencias. A los 14 años se metió entre las llamas que devoraban el edificio Astor en el Distrito Federal y tres años después ya era paramédico y bombero. Era el comienzo de un largo camino que lo llevaría a conocer medio mundo para paliar los efectos de huracanes, incendios y terremotos.
Corrió en dirección al World Trade Center hasta que llegó a la estación de Liberty y Church. Se echó la mano al bolsillo derecho y aproximándose al hombre que repartía órdenes a gritos le mostró su placa del Heroico Cuerpo de Bomberos de México, un pedazo de metal dorado en forma de corazón.
“Vengo a ayudar. Soy bombero, soy mexicano”, se presentó.
El capitán, un rubio fornido que llevaba en la camiseta el apellido Jefferson, le ordenó que fuera por un casco y una chaqueta y que se uniera a un grupo de bomberos que se dirigía a las torres. Hernández se echó al cuello la chapa y al llegar al World Trade Center vio que una decena de policías muy nerviosos intentaba comunicarse con otros oficiales con sus radios portátiles. Uno de ellos dijo que se preparaban para evacuar.
Volvió a mirar hacia al cielo. En la torre debía haber miles de personas atrapadas. Alguien gritó que no servían los elevadores y que las escaleras estaban obstruidas. Un grupo de bomberos corrió hacia los elevadores de emergencia y fue detrás de ellos. Dos forzaron la puerta con una llave especial. Cuando se abrió, el cubo escupió una lengua de fuego.
Hernández no dejaba de mirar hacia la parte alta del edificio. La columna de humo se había propagado y era difícil ver con claridad. Con un gran esfuerzo pudo notar una línea de fuego y calculó que debía ser el piso 70. Un policía lo cogió de un brazo y lo sacudió con fuerza.
“Vaya a ayudar a una persona cerca de la entrada del edificio. Es una mujer con el tobillo roto”, le dijo.
Salió a la calle y se detuvo a dos pasos de la puerta. Recorría la zona con la vista para encontrar a la mujer cuando algo pasó junto a él. Sintió un viento ligero y escuchó un golpe seco. No sabía de qué se trataba. Volvió a mirar al cielo y entonces lo entendió todo: había personas lanzándose al vacío.
Un hombre cayó junto a él y más allá una mujer se estrelló en el piso. Llevaba un bebé en los brazos. “Esto no puede estar sucediendo”, se dijo Hernández; cerró los ojos y sacudió la cabeza. Ya no fue en busca de la mujer con el tobillo roto. Pensaba en la gente atrapada en el rascacielos y en la angustia de sentirse abrazada por el fuego. En 25 años como rescatista nunca había visto a alguien saltar a la muerte para escapar de la muerte. “¿Qué infierno es este? –se preguntó –. Dios mío ¿cómo los vamos a ayudar?”
Cuando salió de su aturdimiento corrió a donde unos 30 bomberos y paramédicos subían las escaleras en tropel. Se les unió y varios pisos arriba un capitán los dividió. Le dijo que no podía ir más allá porque no llevaba más protección que una chaqueta, unos guantes y el casco. Estaba en el piso 28.
“Ahí está una mujer embarazada en trabajo de parto”, le dijo apuntando una esquina “Hágase cargo de ella. Llévela fuera y póngala en manos de los paramédicos”.
Hernández estaba exhausto. Sus brazos eran dos hilos pesados y las piernas le temblaban. No podía caminar. Se hincó para llenarse los pulmones de aire. Decenas de personas yacían a su alrededor. Los paramédicos colocaban etiquetas en la ropa de la gente: rojas de atención urgente, amarillas de no inmediata, verde para quienes podían caminar y negras en los muertos.
Aspiraba aire con fuerza. Había pasado tal vez un minuto desde que había alcanzado la calle, cuando sintió en las rodillas apostadas en el piso un repiqueteo intenso, como si los dedos de un gigante tamborilearan el piso. Escuchó un estruendo parecido al que se escucha en las vías cuando un tren se aproxima, y vio correr a decenas de policías y bomberos. Algunos se quitaban las chaquetas y arrojaban los guantes y los cascos y gritaban:
“¡Corran”
“¡Vámonos de aquí”
“¡Dios mío”
El edificio se desplomaba y sus entrañas escupían una gigantesca nube negra. A unos pasos estaba un camión de bomberos. Se lanzó al piso y arrastrándose se metió debajo.
La nube de polvo lo cubría todo y él intentaba respirar con la nariz debajo de un trozo de tela que había arrancado de su camiseta. Cuando pudo verse las manos, palpó el costado del camión para encontrar una llave: la abrió, se enjuagó la boca y escupió. El polvo de la nube gigante le quemaba el cuerpo. Metió la cara y las manos debajo del chorro de agua. Se incorporó y escuchó un alarido.
Había participado como rescatista en los terremotos de la Ciudad de México, Nicaragua y Guatemala; en la erupción del Nevado del Ruiz que sepultó la ciudad de Armero, Colombia y jamás había visto una devastación semejante. La nube de polvo se había disipado y podía ver una montaña humeante de concreto y metales retorcidos.
Los primeros síntomas
A las seis de la tarde, cuando se encontraba en los desechos de la zona norte, sintió un cosquilleo en el pecho. Era como si un ejército de hormigas ascendiera por su garganta y le impidiera respirar. Apoyó las manos en las rodillas e intentó jalar aire, pero comenzó a toser. Tosió con furia dos o tres minutos hasta que un paramédico se acercó.
Le colocó una máscara de oxígeno en la boca y después le sacó polvo de la garganta con una sonda.
“¿Te quieres ir a casa?”
“No. Estoy bien, me siento bien, aquí me quedo”.
Con el paso de los días se crearon varias cuadrillas de rescate. Estaba la de los escarbadores, a la que él pertenecía, en la que hombres equipados con un balde retiraban piedras con las manos. No utilizaban máquinas para evitar lastimar a la gente. Había otro equipo para atención de lesionados. Eran centenares los rescatistas que trabajaban de día y de noche utilizando nada más que las manos.
Las siguientes noches volvió a despertar con los gritos de los militares. Se ponía el casco y se dirigía hacia donde un grupo de hombres permanecía en un sitio determinado, en silencio, intentando escuchar el menor indicio de vida debajo de los escombros: un quejido, un golpeteo de metales, una voz pidiendo ayuda.
La mayoría de la gente que metía las manos en los escombros era hispana y eso le provocaba sentimientos encontrados. Sentía orgullo y al mismo tiempo rabia: el gobierno de la ciudad daba 300 dólares a los contratistas para pagar a los trabajadores por ocho horas de trabajo, y éstos pagaban ochenta dólares a quienes se empleaban para remover escombros.
Hernández se metía en donde cabía: en una grieta, en un hoyo obscuro, entre dos muros.
Hernández sentía el espíritu desecho por tanta muerte. Pero no debía llorar. Estaba ahí para ayudar.
Uno de esos días su amigo Jaime llegó hasta el campamento. El día de los atentados se había despedido de él con la mano en alto, cuando la policía ya había cercado la zona. Le contó que las peruanas nunca llegaron y que había regresado al apartamento de Queens. Se abrazaron y le entregó un sobre con dos mil dólares. Se lo enviaba su patrón, el paquistaní musulmán. Una turba lo había golpeado en Queens, a su esposa le habían arrancado la ropa y había decidido volver a su país.
Durante los días siguientes Hernández volvería a sentir en el pecho y en la garganta la misma sensación de miedo que tuvo el día de los atentados. Ocurría sobre todo por las noches, cuando trabajaba en la Zona Cero y sin anunciarse surcaban el cielo aviones de combate que volaban muy bajo, o helicópteros militares que arrojaban una luz potente.
Una tarde cuando descansaba, un bombero le ofreció un cigarro. Hernández no fumaba pero decidió aceptarlo. Salió de la capilla y se acercó al enrejado. Del otro lado estaba una mujer, una negra que lo llamaba con las manos. Le dijo que tenía que ayudarla, que llevaba nueve noches durmiendo ahí. Le alargó una fotografía con la imagen de dos mujeres. “Son mis hijas. Ayúdame a encontrarlas”. Le dijo que no podía, que él estaba ahí sólo como voluntario. La mujer no se rindió. Tomó la fotografía y regresó al campamento.
Caminó al sitio en donde trabajaban los hombres que se encargaban de recoger cuerpos y enviarlos a la morgue. Habló con uno de ellos y le mostró la fotografía. “No debemos hacerlo –le respondió– pero no soporto verlos caminar día y noche sin saber dónde encontrar a sus muertos”. Tomó la fotografía y se marchó.
Por la noche le entregó un papel con unos números. Hernández caminó al sitio donde había fumado: la mujer estaba sentada en el piso, en vela. Le dijo que lo sentía mucho, que sus hijas estaban en la morgue. Ella comenzó a llorar y pegó el cuerpo a las rejas, como si quisiera abrazarlo. “Dios recompensará tu bondad”, le dijo. “Al menos tendrán un lugar para descansar”.
Cuando caminaba rumbo a la capilla, no pudo más. Los focos de emergencia alumbraban el desastre y las carpas donde la policía etiquetaba cuerpos.
Se echó al piso y lloró.
Lloró con un quejido, cubriéndose la cara con las manos, en silencio, para que no lo escucharan. Detrás de él empezaron a alzarse voces. Giró y vio movimiento en las cuadrillas de rescatistas. Se quitó las lágrimas con las manos sucias, se puso de pie y regresó a trabajar.
Hernández vivió en la Zona Cero 72 días. El 11 de noviembre de 2001 removía losas y metales en busca de sobrevivientes cuando miró el balde que lo acompañaba siempre: jirones de ropa y piel y huesos secos era todo lo que sacaba con las manos.
Se quedó mirando sin ver, respirando con pesadez, con la cabeza en otro mundo. Fue a la capilla y entregó el casco y los overoles. Ya no tenía caso seguir ahí. Su misión había terminado.
Julio de 2011
Hernández vivía en Queens, en un cuarto de dos metros por tres que compartía en un apartamento con un colombiano y otros migrantes. Su habitación era limpia y ordenada. Sobre los muros había fotos de sus hijas, una bota de bombero y una imagen de él en The New York Times: está de pie, con el casco anaranjado, junto a un grupo de bomberos que removían las ruinas del World Trade Center.
En ese micromundo tenía lo que necesitaba para vivir: 15 botes pequeños repletos de pastillas y una cámara de oxígeno. De la pared colgaba una máscara azul de plástico. Sin ella se asfixiaría al dormir.
En las bocinas conectadas a su iPhone se escuchaba la voz de Jobim, hipnótica, suave, anestésica. “Me ayuda a relajarme”, dijo Hernández. Con frecuencia lo escuchaba y se tumbaba seis horas en la cama a chupar oxígeno de la máquina. Solía hacerlo cuando estaba harto de sentir la máscara como un segundo rostro. Le apenaba que, al dormir con ella, al día siguiente se levantaba con un óvalo rojo de la frente a la barbilla.
Hernández trabajaba como mesero en una compañía de catering en Houston y un día, cuatro años después de los atentados del 11 de septiembre, sintió una punzada en el pecho y se desplomó. En el hospital le dijeron que tenía unas nubes en los pulmones y le preguntaron si había trabajado con asbesto. Dijo que no, pero que había estado en la Zona Cero.
Unos días más tarde estaba de regreso en Nueva York. En el hospital Mount Sinai le hicieron una serie de exámenes y le informaron que tenía nódulos, células de polvo y filtraciones pulmonares. Los médicos le diagnosticaron rinitis, rinosinusitis, faringitis, asma y alergia crónica. Un amigo bombero le dijo que tenía derecho a demandar. Hernández fue llamado a declarar en la corte.
En la audiencia final se sentó frente a un juez, dos jurados y siete abogados y durante nueve horas respondió cientos de preguntas: ¿Su padre fumaba? ¿De qué había muerto su abuela? ¿Padecía asma antes? ¿Quién lo había llamado al World Trade Center?
“A mí nadie me llamó, señoría. Yo decidí meterme ahí. No conocía a nadie. Salvé vidas como hubiera salvado las de mis hijos. Nunca dudé lo que debía hacer. Si hoy volviera a suceder, haría lo mismo”.
En marzo de 2010 el juez Peter Georgalos falló a favor de Hernández y le concedió atención médica de por vida. En la resolución WBC 00804564 de la corte de Nueva York, el juez determinó que el voluntario mexicano padecía asma, apnea obstructiva del sueño, rinosinusitis, estrés postraumático y depresión.
Hernández esperaba la solución de otra demanda como parte de la Ley Zadroga, que indemnizará a bomberos, paramédicos y rescatistas. El juez le prohibió realizar trabajos que requieran esfuerzo físico.
Desde entonces los detectives de la corte le hacían visitas sin anunciarse para comprobar que estaba en su casa y revisaban la cámara de oxígeno para confirmar si la usaba. Hernández se sostenía con préstamos de amigos y donaciones de empresarios de Sonora y del Estado de México. El gobierno mexicano le entregó mil dólares durante ocho meses, después de que reveló a un noticiero las grabaciones de una conversación telefónica con una funcionaria que le dijo que el presidente Calderón no tenía por qué ayudarle.
Un sábado de julio lo visité en su departamento de Queens. Diez años después Hernández conservaba el cuerpo de luchador, aunque había perdido peso. Llevaba unas gafas oscuras, una camiseta, bermudas y en el cuello una cadena de plata. Antes de cerrar la puerta se echó al hombro la mochila en donde siempre llevaba cuatro frascos imprescindibles con medicamento con su nombre y la leyenda: “Health for heroes”.
Abordamos un autobús que nos llevó a la avenida Roosevelt en Queens. En el Sol Azteca pidió unas enchiladas de mole y un Squirt.
Me dijo que planeaba volver a México en unos meses. Extrañaba a sus hijos y echaba de menos las emergencias, aunque sabía que esos tiempos no volverán. Estaba dedicado a guiar a un grupo de cien hombres y mujeres de origen latino que trabajaron en el World Trade Center. Los ayudaba a traducir documentos y los orientaba en las cortes. Entre las enchiladas y el postre recibió tres llamadas de ellos.
Cuando salimos del restaurante una mujer lo detuvo para saludarlo. Era María, una colombiana que trabajó removiendo escombros.
“Qué mala noticia la de hace dos días”, dijo María refiriéndose a una notificación de la Ley Zadroga de acuerdo con la cual los trabajadores de limpieza y rescatistas recibirán una compensación en dos partes: 23% en una fecha que se definiría en septiembre y el resto en 2016.
“No se rinda, siga luchando”, le dijo Hernández. María encogió los hombros y se marchó caminando por la avenida Roosevelt.Hernández me contó que lo peor no eran las enfermedades ni la dilación en el pago del fondo de compensaciones, sino las pesadillas y las ráfagas de recuerdos que lo asaltaban en cualquier momento.
Mientras dormía con frecuencia veía Nueva York bajo una lluvia de bombas. Cuando los recuerdos lo asaltaban veía imágenes de personas lanzándose al vacío y le sobrevenía un ataque de ansiedad. Entonces, como sucedió en el restaurante, lloraba como un niño y su cuerpo se sacudía dominado por estremecimientos breves.
Hace tres años pensó en suicidarse. No llegó a intentarlo: cuando sintió el impulso de colgarse llamó a la doctora Alicia Hurtado, su psiquiatra. La idea de matarse parecía haberse extinguido.
“Sé que todo esto se me pasará”, dice Hernández con un asomo de esperanza en los ojos tristes. “No sé cuándo, pero algún día se me pasará”.
Septiembre de 2011
El día del décimo aniversario de los atentados Hernández asistió a dos homenajes donde lo recibieron como héroe. Estaba listo para volver a México en diciembre y en febrero de 2012 se sometería a una operación. “Me retirarán una costra como de arena entre la nariz y los pómulos que no me deja respirar”, me contó. Esa noche Discovery Channel transmitió seis historias de sobrevivientes de las Torres Gemelas. Una de ellas era la suya, y el bombero se sentía orgulloso. Vio el programa con el teléfono en la mano, conversando con sus hijos Aurora, Sharon y Nicolás.
Volvimos a platicar el 23 de septiembre. Me dijo que una de sus hijas cumpliría años. Estaba vendiendo un reloj Cassio para comprarle un regalo.
Al día siguiente se reunió en su casa con Jaime Munebar, el colombiano con quien había compartido piso durante siete años, y con otra amiga. El 25 de septiembre Munebar se fue a misa. Por la noche, a su regreso, llamó a la puerta sin que su amigo respondiera. Cuando pudo entrar, Hernández estaba tendido en la cama.
El bombero al que nadie llamó había muerto.
El funeral tuvo lugar en Queens un jueves lluvioso. Sus hijos no pudieron viajar, pero estaban los latinos a los que Hernández ayudaba en las cortes. Había una multitud llorosa, coronas y flores. Cuando los rezos terminaron, Munebar se acercó al cónsul Mario Cuevas y le dijo: “Ayúdenos a que Estados Unidos no se salga con la suya. El fondo de compensación por el que Rafael luchó pertenece a sus hijos”. La oficina forense extrajo algunos órganos del cadáver para los exámenes de rigor y el cuerpo no fue trasladado a México hasta el 1 de octubre.
Las despedidas a los héroes con frecuencia no son como deberían ser.
Tres meses después la oficina forense de Nueva York no había dictaminado sobre las causas del deceso. En la corte el caso de Hernández estaba detenido y de la compensación que recibiría en estas fechas no se sabe nada. El cuarto de Hernández permanecía clausurado por la policía. Un día alguien violó los sellos y saqueó la habitación.
Munebar pudo rescatar la última pertenencia de su amigo y la guarda como si fuera algo sagrado.
En una bodega de Queens yace la cámara de oxígeno que mantuvo con vida a Hernández los últimos años.
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