"Como entrar a la boca del infierno"

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A la distancia se ve ya la columna de humo. Un tipo de vivienda múltiple, de las que abundan en la colonia Casas Alemán, en Gustavo A. Madero. Una vecindad, pues, cuyo cuarto de azotea arde, humea “como entrar a la boca del infierno”.

Raúl Peñaloza, junto con Manuel Mérida, los policías auxiliares del rumbo, son la única autoridad inmediata esa mañana de febrero. No hay bomberos todavía. Ni refuerzos. Ni siquiera agua. Una chamaca menuda, casi adolescente, Betsabé Hernández, 17 años, musita pasmada, como en shock, que su bebé está en medio de las llamas.

“Sí te da miedo, la verdad, sobre todo porque tienes que entrar”, piensa Raúl, policía “por la necesidad” hace apenas cinco años. “Pero te quedas pensando ¿quién estará allá adentro? Te metes sin pensarlo. No sé si lo piensas o no, pero te metes”.

El humo permite ver nada en el cuartito de cuatro por cuatro. El sonido de las cosas al arder. El calor de incendio en vivienda pobre. Raúl es un policía que se transforma en bombero, en rescatista. Delgado, un treintañero con rostro de jovencito que enfrenta su primer incendio.

“No lloraba el niño. Me metí hasta donde estaba, no sé si era una cuna, y lo agarré, era un bultito así, que estaba muy caliente. Me salí corriendo. No pesaba nada. No lo vi. Sabía que era el bebé porque se movió”.

El pasmo de Betsabé apenas le permite tomar al niño en brazos. Su carita de bebé con cinco meses de nacido llagada por las quemaduras. Su cabello desaparecido. El cuerpo tiznado de llamas. “¿Hay alguien más adentro?” No hay respuesta.

“Me volví a meter. Comencé a aventar agua que encontré en un tinaco. Pero empezó a crujir. Así como aventaba agua me iba metiendo al cuarto, pero cuando empezó a crujir me salí”. La gente, los curiosos, ven todo pero no ayudan. Y Raúl, sin saberlo, está en un cuarto en llamas donde hay un tanque de gas oculto tras la puerta.

Los crujidos, los chirridos de muebles que se queman, el humo, la falta de aire para respirar, hacen que Raúl se repliegue, llegue hasta la puerta y, cuando está a punto de salir, apenas pueda escuchar cómo detrás de sí el techo se desploma.

—¿Qué piensa uno en ese momento?

—Tú eres el policía, tienes que actuar. No tenemos el adiestramiento para eso, pero desgraciadamente tú eres el policía y la gente te ve, la gente te exige que tú hagas algo y le tienes que entrar. Ya ni lo piensas.

—¿Y su compañero?

—Yo estaba concentrado en el incendio, la verdad. No sabía lo que estaba haciendo mi pareja que estaba en la unidad.

“Si sale mal, te toca castigo”

“Es una decisión que tomas de pronto”, dice Manuel Mérida. En su mirada hay un atisbo de orgullo. De determinación. Se salta el reglamento por salvar una vida. Las decisiones de un policía a veces son así.

“Cuando bajó la señora, le pedí que me dejara ver al niño. Estaba quemado, de todo el cuerpo. No hubiera sobrevivido si esperábamos a la ambulancia”, dice.

Sin pedir autorización, Manuel sube a la muchacha a su patrulla, la P-05-12 según consignan los boletines de ese 9 de febrero, y lo lleva al Hospital Pediátrico de La Villa.

“Cuando llegamos al hospital, los doctores nos dijeron que tenía un 70- 80 por ciento de quemaduras en todo el cuerpo. Podía haber fallecido el bebé. El tiempo era justo”.

Seis meses después, dice, en la misma calle Guaymas se encontró a Betsabé. Caminaba con una carreola. “Era un niño bonito. Gordo. Sí tenía cicatrices, llagas, pero me dijo que los doctores decían que pronto iba a quedar bien”.

—¿Hubo sanción por desobedecer?

—Salió bien. Si no hubiera salido bien sí habría habido castigo, dice. Es un hombre bajito. Muy moreno, redondo. Lleva 14 años en la policía y está convencido de que la moneda de la fortuna cayó a favor ese día.

—¿Qué es lo más rudo que les ha tocado?

“Los balazos. Cuando suenan, retumban en las orejas, como eco. Y lo peor es que tienes que ir adonde están”, dice Raúl. “Y saber que a veces te puede tocar la de malas”, lo secunda Manuel. Y que la familia, en casa, sabe que siempre puede ocurrir.

Se miran uno al otro. Callados. Recuerdan sus mutuos temores, sus preocupaciones: policías que todos los días, sea por una columna de humo, plomazos, un asalto, una riña, tráfico de drogas u homicidio, han de pensar que su trabajo es muchas veces como estar entrando a la boca del infierno.

El Universal, México.

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