Mi historia del 11S

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Estaba en Lima cuando el ataque se produjo, como la mayoría seguí los acontecimientos a través de la televisión. Mi hermano Carlos fue el primero en avisarme. La Internet se hizo imposible.

Dos semanas antes me había reencontrado con quien se convertiría años después en mi esposa. Una estadounidense enamorada del Perú y su cultura milenaria, quien trabajaba en Manhattan, y con quien preocupantemente no pude hablar por teléfono hasta el día siguiente de la tragedia. Ella felizmente no había ido a trabajar ese día.

Sin embargo, tenía tres seres queridos en el lugar del desastre, dos de ellos trabajando en las mismas torres. Luego nos enteramos que se habían jubilado meses antes del ataque terrorista. Quedaba una tía que trabaja para el gobierno federal cerca al City Hall, a tan solo cuatro calles de las Torres Gemelas, quién había salido de su oficina para tomar fotos de la histórica tragedia. Ella logró escapar con algunas contusiones menores al momento en que la multitud huyó al colapsar la Torre Sur.

Más allá de eso no tenía mayor conexión emocional con los eventos. Los latinoamericanos como la mayoría de europeos, aunque entendían la dimensión de la tragedia humana, lo hacían con un tufillo de "se lo merecen". Pronto nos enteramos que los chilenos también habían convertido el 11S en una fecha de tragedia nacional, cuyos orígenes apuntaban al presidente Nixon y su política anti comunista.

Pero la vida tiene esos recovecos misteriosos y al mudarme a vivir a Nueva York, terminé trabajando para una compañía a solo tres bloques del World Trade Center. Mis colegas de trabajo, eran sobrevivientes del 11S.

Día a día y por muchos años me hice familiar con la zona, con las banderas, con las historias personales, con la reconstrucción. Como apasionado de la fotografía, ha sido Downtown Manhattan el lugar que más he fotografiado en mi vida.

En el 2006 trabajaba en Wall Street cuando otro avión impacto un rascacielos, esta vez en en el centro de Manhattan. Llamé a mi esposa a quien advertí del suceso, que mientras veía las noticias por Internet, las imágenes le resultaban sumamente familiares. Era el edificio donde su primo Tony trabajaba. Cuando lo llamó por teléfono, éste le contestó flemáticamente, diciéndole que todo estaba bien. Fue el accidente aéreo que se llevó la vida del pitcher de los Yankees Cori Lidle, quién aprendía a volar.

En el 2009 fue el turno de mi esposa, quien me llamó a mi celular para advertirme que había un enorme jet dando vueltas por Wall Street, volando a muy baja altitud. Este había desatado todas las alarmas y temores del 11S. Resultó luego ser una desafortunada sesión fotográfica del avión presidencial que enojó a los neoyorquinos enormemente.

Uno de mis colegas de trabajo se convirtió en mi amigo, y comenzó a contarme su historia personal de ese día fatídico. Una historia increíble que me ha asegurado múltiples veces es real. Me contó que como nunca esa mañana se sentó en una banca de la plaza para ver la majestuosidad de las Torres en un día hermosamente soleado. Estaba ya trabajando en el interior cuando sintió la primera remezón, que descolgó algunas luces y falso techo del piso en el que trabajaba, de lo que él creyó había sido la explosión de un caldero. Según me relató habían estado haciendo mantenimiento a unos equipos problemáticos.

Esta vez, sus bien desarrollados instintos de sobrevivencia le decían que debía abandonar el edificio. El sabía que ese lugar era un bien ansiado objetivo terrorista y mientras los profesionales de la seguridad del edificio insistían que todo estaba bien y que no debían abandonar el edificio. El evacuó e instó a otros hacerlo.

Su centro de trabajo quedó pulverizado y aunque no hubieron bajas que lamentar en esa empresa, todos quedaron en la calle. Hasta que la empresa decidió reabrir sus puertas dos años después a pocos bloques. Pero en el ínterin ocurrió algo increíble, que no ha sido mencionado antes por ningún medio de comunicación ni ninguna agencia del gobierno.

Según me contó, agentes del FBI convocaron a todos los empleados semanas luego del desastre y les mostraron fotografías, de lo que pidieron identificar rostros que les fueran familiares. Así, sin más detalles.

Me dijo que reconoció una foto, la de un posible estudiante de la escuela de comercio exterior que corría una universidad en el lugar y que él había visto varias veces solo, hablando por teléfono celular en lugares donde supuestamente no debían acceder los estudiantes de esa escuela ubicada en el corazón del World Trade Center. Al mencionar que uno de los sujetos de la fotos le era familiar, otro ex empleado lo secundo y contó algo más extraño aún. Dijo que ese estudiante recibió su diploma, pero que durante la ceremonia de clausura, al llamársele por su nombre, fue otro estudiante quien interceptó el documento, cogió el certificado, hizo una reverencia y se lo entregó al graduado.

Las semanas pasaron hasta que un día en la televisión, apareció el nombre del estudiante que dijo él reconocer en las fotos.

Su nombre cobraría una especial relevancia, Mohamed Atta.

Los años pasaron, me quede en Nueva York, me convertí en ciudadano americano, mi hija nació y cada conmemoración del 11S me ha resultado menos indiferente. Ahora cuando escucho esos argumentos de "se lo merecen" me pregunto si quien los esgrime, muchas veces es consciente del pasado oscuro de su propio gobierno y sus atrocidades. Crímenes que esos países no han dudado en cometer contra su propia gente. Si es que alguna vez se preguntan lo que harían sus propios países si fueran poderosos. En especial, cuando viene de latinoamericanos que tienen pasados de desaparecidos. Quizá Estados Unidos propició golpes de estado alrededor del mundo, pero no fueron norteamericanos los que lanzaron al agua a miles de sus compatriotas o los enterró en fosas comunes solo por pensar diferente.

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